Hay mañanas que empiezan como cualquier otra: el timbre, los saludos en la puerta, el olor del jardín, el ruido de los estudiantes. Y hay mañanas que se quiebran. Hoy una luz del cielo docente brilla más que nunca, una profesional de la educación que dedicó su vida a un oficio que casi nunca recibe el reconocimiento que merece: acompañar a los adolescentes en el momento en que empiezan a descubrir quiénes son.
Duele su partida. Duele por su familia, que hoy tiene una silla vacía en la mesa; por sus compañeros, que perdieron a quien compartía con ellos la tarea de cada día; y por los alumnos de la escuela, que la recordarán como esa voz que los esperaba al llegar y los despedía al salir. A todos ellos, va un abrazo sincero y todo el respeto que podamos brindar en estos fatídicos momentos.
Su memoria nos pide algo más que lágrimas. Nos pide mirar con gratitud a quienes sostienen cada día la vida de una escuela.
A los maestros y maestras, que encienden la curiosidad y no se cansan de explicar una vez más. Al equipo directivo, que cargan con la responsabilidad de cuidar lo que ocurre dentro y fuera del aula. A los prefectos y Trabajadores Sociales, que conocen a cada estudiante por su nombre y notan cuando alguien llega distinto. Al personal administrativo, que sostienen en silencio lo que nadie ve. A los intendentes, que abren las puertas antes del amanecer y dejan limpio el lugar donde mañana se aprenderá. A los bibliotecarios, laboratoristas y personal de apoyo, que cuidan los libros, los instrumentos y las preguntas. Todos ellos hacen posible que la escuela exista. Todos ellos merecen nuestra honra.
Una escuela es mucho más que un edificio. Es un recinto del saber, un lugar donde un niño descubre que puede preguntar, equivocarse, volver a intentarlo y soñar con algo más grande que su propia calle. Allí se aprende a leer, a pensar, a convivir y a esperar. Es la escuela donde, a través de la exigencia, se forja el carácter, se viven las virtudes, se fortalecen hábitos que deben desarrollarse en casa, como la puntualidad, la limpieza y el orden, la responsabilidad y la excelencia.
Los trabajadores de la educación son su sustento. Pero la escuela también necesita de las familias y de los vecinos, de los comerciantes y todos los actores sociales que la rodean, que son quienes la miran, la cuidan y la sienten suya. Cuando una comunidad rodea a su escuela, la protege. Y cuando la protege, protege a sus hijos.
Porque la infancia es lo más preciado que tenemos. Es el principio de todo y la semilla del porvenir. Cuidarla no es tarea de unos cuantos: es de la casa, de la calle, de la colonia, del aula y de todos nosotros, todos los días.
Que la vida de todos los compañeros que han caído en servicio nos recuerde por qué enseñar es un acto de esperanza. Que su ejemplo nos haga valorar a cada persona que trabaja por la educación. Y que su memoria nos comprometa a cuidar los lugares donde se construye el futuro.
Porque los trabajadores de la educación somos sembradores de semillas de saber, semillas de esperanza, semillas de ilusión, semillas que germinan lento, ciclo a ciclo hasta formar ciudadanos éticos: responsables, puntuales, honestos, que transforman su comunidad, que transforman su realidad para bien.

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