Hay lugares que se sienten distintos desde que cruzas la puerta.
No importa cuántas veces hayas hablado en público o cuántos auditorios hayas pisado: hay espacios que te piden bajar la voz, abrir el corazón y caminar más despacio.
Así fue mi llegada a la PrepaTec Colima.
Este semestre, el campus cierra operaciones. Y aunque las palabras cierre y despedida suelen sonar duras, ese día estaban envueltas en algo más profundo: respeto, memoria y gratitud. Guillermina Díaz Gómez, Directora General del campus Colima, me invitó a impartir una conferencia sobre este tema, porque todo nuevo inicio requiere un gran cierre.

Desde el inicio se percibía un ambiente solemne. No triste, pero sí cargado de historia. Antes de iniciar la conferencia recorrí el campus acompañada de la Directora, cada pasillo parecía guardar conversaciones, risas, esfuerzos silenciosos. Ahí estaban personas que habían entregado años de su vida a un proyecto educativo que también los había formado a ellos, como profesionales, como seres humanos de excelencia.
Conocí al personal del campus y confirmé algo que siempre me conmueve: las instituciones no son edificios ni logotipos, son personas. Personas que sostienen, que creen, que acompañan procesos de vida. Estar frente a ellos, mirarlos a los ojos, sentir su presencia, fue un privilegio que me tocó profundamente.
Durante el evento, la Directora General del campus, junto con Amparo Dueñas, Directora de Talento Centro-Occidente, entregaron a cada colaborador un reconocimiento personal. Uno a uno. Sin prisa. Con nombre y apellido, acompañado de una anécdota que hizo más emotivo el momento. Era una forma de decir: «Gracias por tu historia. Gracias por tu entrega. Gracias por haber estado aquí».

Hubo miradas que se humedecieron, sonrisas contenidas, silencios que decían más que cualquier discurso. En ese momento entendí, una vez más, que la gratitud no es un concepto abstracto: es presencia, es reconocimiento, es dignidad.
Mi intención con la conferencia fue sencilla y profunda a la vez: invitar a detenernos. A mirar el camino recorrido sin juicio, a agradecer al Grupo Educativo Tec de Monterrey por lo que representó en cada proyecto de carrera y de vida, a valorar a los compañeros que se volvieron familia y, sobre todo, a agradecer a la Vida por la oportunidad de haber coincidido en este tramo del viaje.

Porque cerrar ciclos con gratitud no borra la nostalgia, pero sí la transforma. La vuelve aprendizaje, legado, semilla.
Al final, como si el momento lo pidiera, un saxofonista llenó el espacio de música. Después, una tabla de quesos y vino nos invitó a brindar. Fue un cierre fino, elegante, profundamente simbólico. Porque incluso las despedidas merecen belleza. Merecen pausa. Merecen celebración.


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