Hay quienes coleccionan libros. Hay quienes los acumulan prometiéndose leerlos mañana. Y hay quienes, como yo en cierta temporada, simplemente dejamos de leer… No por falta de libros — los había, pacientes, expectantes — sino por ese silencio interior que se instala sin avisar y que hace que los textos resbalen sobre los ojos sin dejar huella. Los especialistas le llaman bloqueo lector.
Durante ese largo paréntesis también padecí tsundoku, esa condición acuñada por los japoneses que consiste en adquirir libros sin leerlos. Mi Kindle da cuenta de ello. Acumulación pura. Un disfrute peculiar y algo culposo…
Como cuando se procrastina, el bloqueo no se resuelve con voluntad: se rompe cuando, en circunstancias que no buscabas, alguien pone en tus manos exactamente El Libro.
El libro llegó como obsequio. Fui jurado de un concurso de composición literaria en distinguida zona escolar de Tlaquepaque, Jalisco —sentada entre palabras ajenas, evaluando lo que otros construían—. Al final de esa jornada, con gratitud por la labor realizada, el supervisor, Dr. Javier Mijangos, gran líder lector, me obsequió La coleccionista, de Marie Benedict y Victoria Christopher Murray. No lo pedí. No lo busqué. Llegó como llegan las cosas importantes: sin anunciarse.

Lo abrí esa misma noche. El bloqueo seguía ahí, agazapado. Pero algo en la primera página me retuvo. Y luego la segunda, hasta que el bloqueo quedó en el olvido.
Porque este libro es denso, basto y ancho— y digo estas palabras como elogios, no como advertencias. Es la historia de Belle da Costa Greene, una dama que a principios del siglo XX se convirtió en una de las bibliotecarias más poderosas de Nueva York, guardiana de los manuscritos, libros únicos y obras de arte de J. P. Morgan, el magnate más próspero de su época. Una mujer que coleccionaba objetos hermosos, valiosos, únicos, así como sus secretos. Sobre todo, el más costoso de todos: el secreto de quién era ella.
Belle era una mujer negra que vivió como blanca en una América donde esa línea era, literalmente, una cuestión de vida o muerte. No por cobardía —la novela deja eso muy claro— sino por una necesidad feroz de existir en espacios que el mundo le negaba. Con inteligencia, audacia y una elegancia que desarmaba a cualquiera, se abrió paso en los salones más exclusivos de Nueva York, los mercados de arte de Londres y las subastas de manuscritos medievales en Europa. Todo ello sin que nadie, jamás, pudiera probarle nada.
Las autoras —una escritora blanca y una escritora negra que decidieron contar esta historia juntas, y esa decisión no es menor— narran la vida de Belle en voces alternas, tejiendo con destreza la negación, el precio, la máscara. Mientras uno lee no puede sino preguntarse: ¿cuánto pesa vivir siendo otra? ¿Cuánto se puede coleccionar por fuera cuando por dentro se guarda lo que no se puede mostrar?
La novela también es un retrato de época magistral. La Gran Depresión que se vivió de manera radicalmente distinta según el color de piel y la clase social. Los círculos intelectuales donde el racismo convivía, sin rubor, con la admiración por el arte. El amor —porque también hay amor, intenso y complicado— como otro territorio donde Belle tuvo que negociar su identidad.
Con este libro, además, incursioné en la ficción histórica. Y debo confesar que llegué tarde a este género.
Quedan en mi cabeza algunas dudas —sobre todo, cómo fue que su verdad finalmente salió a la luz—, tarea que me propongo resolver con los textos que las propias autoras recomiendan. Queda también en mí la gratitud de vivir esta época de libertad que gozo como mujer. Queda la claridad de cuánto han costado derechos que hoy doy por sentados. Queda en mí la claridad de cómo en Estados Unidos, la Gran Depresión se vivió de manera diferente en cada sector social. Y queda, sobre todo, la agradable sensación de regresar a uno de mis grandes placeres: la lectura.
Lo que hizo en mí este libro no lo revelaré del todo, porque sería quitarle al lector el privilegio de descubrirlo. Solo diré que el bloqueo desapareció. Que las palabras volvieron a dejar huella. Que cerré la última página y sentí lo que los grandes textos provocan: la necesidad urgente de empezar de nuevo desde la primera línea, no sin antes agradecer al Dr. Mijangos y escribir estas líneas.
Belle coleccionaba objetos que el mundo consideraba valiosos. Yo, sin saberlo, coleccionaba el momento en que un libro me devolvería las ganas de leer.
La coleccionista fue ese momento.ta fue ese momento.
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