
En casa de mi tía hay una vitrina que expone sus vajillas más preciadas posadas junto a piezas de selecto cristal que, coquetos, posan al lado de cubiertos de plata. La vitrina siempre está impecable, nadie puede tocar, mucho menos usar los objetos ahí expuestos. Es una sala privada de su museo personal. Dice que esos objetos son para «ocasiones especiales», por tanto, la llave está fuera del alcance de las visitas (sobre todo de sus curiosos sobrinos).
Seguramente mi tía tiene un cajón con prendas para esas mismas «ocasiones especiales», y podría apostar que en su chifonier hay sobres sin usar tan antiguos como las secas tintas de sus valiosas plumas que también esconde bajo llave «para una ocasión especial», es por demás seguro que en su tocador habitan perfumes, cremas y lociones antiquísimas, destinadas a esas «especiales ocasiones».
Muchos en casa la critican, pues ha vivido sola desde que su marido partió, sus hijos crecieron y volaron, nunca se ha sabido que la tía dé lugar a una «ocasión especial» para usar sus delicadamente dobladas prendas, sus finas lociones y su delicada vajilla. Muchos en casa la critican por ser celosa guardiana de esa valiosa vitrina. Tan suya como sus decisiones. Yo no la critico, porque no sé si heredé o aprendí de ella a custodiar objetos valiosos para «una ocasión especial».
Lo mío no son las esencias, ni las prendas, mucho menos la porcelana, lo mío ni si quiera es un objeto físico. Mi vitrina es virtual y su llave es electrónica. Cuando posa sobre mis ojos una reseña de prometedor texto, mis dedos apuntan sobre Kindle, oprimen el botón digital, guardo celosamente mi futura propiedad literaria —como mi tía—, esa obra de arte llamada libro «para una ocasión especial». Como sé de qué trata, espero sigilosamente La Temporada y en cuanto hay el tiempo, me lanzo como el halcón por su presa.
Así fue como llegó a mi «vitrina» la primera novela de Catalina Aguilar Mastretta. Yo, asidua lectora de la fina pluma de su madre y puntual espectadora de los análisis políticos de su padre, me apresuré a leer la reseña que saltó de mi pantalla. No quise leer más, prometía mucho ese texto, pero no era La Temporada adecuada para leerlo. Mis dedos saben qué hacer, fueron por la llave, abrieron la vitrina y guardaron celosamente la nueva obra de arte. Programé mi cerebro para detectar cualquier cambio en el clima y así aprovechar La Temporada para degustar este fino manjar…
Desde 2016 las olas han ido y venido, ha habido tempestades, pero no como la del verano de 2021, que atracó en mi puerto y disparó la alarma; el guepardo saltó directamente a la vitrina, sabía qué ungüento necesitaba y al amanecer, dispuse mi nido para que ningún otro mal azotara la puerta e interrumpiera mi terapia. Sorpresa me llevé al ver que la bella portada roja con unas hermosas flores y las blancas letras escritas a modo de tiza que había guardado en 2016 de Editorial Océano, de México, ahora era otra. El tiempo todo lo cambia. La que mis ojos veían ahora era una popcolorida cubista portada de la editorial española Destino que me desafiaba a subir al globo aerostático con la pareja que miraba al cielo, evité el caos que genera tanto cuadro en mi cerebro y subí, así, sin invitación, justificándome con que ya había pagado mi cuota para disfrutar el viaje que inicia con una pregunta que magistralmente se retoma al final de la obra. Apenas llevo el 1% de la lectura (según Kindle indica) y ya estoy sintiendo el estómago revuelto y las ganas de llorar, como el personaje femenino del que aún desconozco su nombre. Ahora que concluí esta deliciosa, agridulce y espectacular novela, sé que ese 1% de lectura está narrada en tiempo presente y cuidadosamente nos lleva al doloroso pasado.
La autora me revuelve, me lleva con el personaje (que supongo y luego confirmo es el principal, femenino. Muy femenino) a sentir lo que ella siente, ahora que llegué al 100% de la lectura según Kindle, necesito ir al 1% a leer de nuevo, a cerrar el círculo que intempestivamente abrió la autora, lo hago y podría leer en círculo nuevamente, porque esto no es una lectura, es una vivencia. No es una obra de teatro, ni una película, es la vida misma. Es La Temporada. Todos pasamos alguna vez en la vida por esa amarga, triste, desencantadora, desgarradora experiencia…
Hay cosas que se aprenden, otras se heredan, considero que el talento de Catalina Aguilar Mastretta es 66% una fusión de ambas, el otro % es su talento propio, mezclado con su basta imaginación y, sin duda, su experiencia propia, su aguzado oído, sus grandes ojos que dictan a sus contemporáneos dedos qué y cómo narrar.
El sentimiento es común, muchos conocemos a la Bestia hemos luchado contra ella y nos hemos desvelado por ella. Muchos hemos vivido Cuando Empezó y Cuando Terminó. Algunos de nosotros hemos experimentado La Cosa Terrible y si no hemos hecho La Persecución, hemos deseado hacerla. Muchos son los «fantasmas» con los que conversamos, nos siguen a todas partes, algunos viven dentro de nuestra cabeza (sin invitación, como yo con los personajes) y si quien me lee no entiende a qué me refiero en este párrafo, debe subirse a ese globo aerostático como lo hice, de manera sigilosa para ser testigo de lo que sucedió con esta hermosa pareja que mira al cielo y así, en silencio, caminar tras ellos observando, sintiendo, profetizando, consolándolos y autoconsolándose, caminando en ese círculo de tiempo que abre la autora en el 1% y que lleva a otros círculos de tiempo, de personajes, de lugares (tan conocidos), pero sobre todo, de sentimientos (al máximo), una espiral, una turbulenta cascada de emociones que en tiempo presente y en primera persona abordarán al lector sin aviso previo, sin preguntar, sin tregua.
Como era mi propósito, no salí de mi nido hasta que terminé, sin quererlo, porque no quería salir del texto, como no quise que saliéramos el personaje principal y yo del primer departamento, porque yo tampoco esperaba, mucho menos quería que él se fuera. Me urgía salir de La Caja Gris, pero no quería salir de la contratapa (si es que los libros electrónicos tienen) y que me imagino con los mismos coloridos cuadros y ahora la pareja mirando hacia abajo, porque ya bajé del globo, porque ya no les estorbo en su viaje, en su baile, en su conversación…

Como era mi propósito, no salí de mi nido hasta que terminé, sin quererlo, porque no quería salir del texto, como no quise que saliéramos el personaje principal y yo del primer departamento, porque yo tampoco esperaba, mucho menos quería que él se fuera. Me urgía salir de La Caja Gris, pero no quería salir de la contratapa (si es que los libros electrónicos tienen) y que me imagino con los mismos coloridos cuadros y ahora la pareja mirando hacia abajo, porque ya bajé del globo, porque ya no les estorbo en su viaje, en su baile, en su conversación…
Mis dedos no quieren oprimir el botón X, eso significa que esto terminó. No quiero ir a mi vitrina a guardar el libro, eso significaría oprimir la tecla que regresa a la realidad, donde está La Temporada, porque efectivamente, «Todos los días son nuestros».